Durante la vida, nuestros pasos cambian de dirección constantemente. Eso todo el mundo lo sabe. Aún así, cada mañana cuando te despiertas, crees tenerlo todo organizado y bajo control. Sabes con exactitud las pautas a seguir a lo largo del día. Pero en realidad asusta pensar que en cuestión de minutos, incluso segundos, toda tu vida puede cambiar de una manera radical.
Cada año, por Navidad cuando mis abuelos, mi madre y yo nos reuníamos en la mesa para celebrar la Noche Vieja, mi abuelo al brindar siempre pedía el mismo deseo en voz alta: _Por favor, Señor, que el año que viene si no somos más sentados en esta mesa, que por lo menos estemos todos los que ahora somos_. Tierno, sí, pero las personas entran y salen de nuestras vidas continuamente y nadie conserva su sana juventud para siempre. A todos, lo creamos o no, nos acecha la muerte desde el mismo instante en que nacimos. Permanece atenta, esperando nuestro momento y nadie cae en la cuenta de que ella es una gran aliada, intenta servirnos como fuente de motivación diciéndonos: _Adelante, espabila y lo que quieras hacer, hazlo ya y aprovecha la vida, porque nunca sabrás cuando llegará tu hora. Al menos así es como pensaba antes de conocer la propia muerte en persona. Ahora es de noche. Una noche fresca de verano en Escocia. Estoy en uno de los balcones que dan al jardín de atrás en la siniestra y ruinosa mansión de mi abuelo. Una pequeña polilla revolotea a mi alrededor y siento en mi cara la sutíl brisa que provocan sus delicadas alas. Lejos de aquí, a un kilómetro y medio o dos, hay una granja donde puedo ver, sin esfuerzo luces encendidas en algunas habitaciones. Dos niños entre siete y diez años corren de una sala a otra. En una de éstas, una mujer de larga y espesa melena morena, alimenta con su pecho derecho a una criatura de unos seis meses. La protege entre sus brazos mientras acaricia con desbordante ternura su sonrosada carita. Un perro con el pelo largo de color blanco y manchas negras, ladra en mi dirección desde el porche de la casa y aunque es del todo imposible que me esté viendo a tanta distancia, creo que sí puede intuirme. Un gato rubio sentado en el alféizar de una ventana abierta también mira hacia mí con curiosidad.
Me pregunto como reaccionaría la feliz familia si descubrieran que a pocos kilómetros de su casa nos encontramos nosotros. ¿Actuarían a la defensiva como el perro o simplemente huirían? Suerte que el canino no conoce la jerga humana, así quedará como un secreto entre el gato, el perro y yo.